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Lipedema y suelo pélvico: la relación entre la pesadez del tejido y la salud pélvica

Cuando hablamos de lipedema solemos pensar en dolor, pesadez, aumento desproporcionado del volumen de las piernas o facilidad para desarrollar hematomas. Sin embargo, hay aspectos menos conocidos que también merece la pena observar, especialmente aquellos relacionados con la postura, la movilidad y la forma en que el cuerpo distribuye las cargas.

Uno de ellos es el suelo pélvico. No significa que tener lipedema provoque necesariamente una disfunción del suelo pélvico. La relación es más compleja y todavía existe poca investigación específica sobre ambas condiciones. Sin embargo, los cambios en la movilidad, la postura y la mecánica de las extremidades inferiores pueden influir en cómo trabajan la pelvis y la musculatura que la rodea.

Entender esta relación permite observar el cuerpo de una manera más global y no centrarse exclusivamente en el tejido adiposo de las piernas.

¿Qué es el suelo pélvico y qué función tiene?

El suelo pélvico está formado por músculos, tejido conectivo y otras estructuras situadas en la parte inferior de la pelvis. Entre sus funciones se encuentran ayudar a sostener los órganos pélvicos, participar en la continencia urinaria y fecal y colaborar en la función sexual.

Pero el suelo pélvico no trabaja de manera aislada.

Está relacionado con el abdomen, el diafragma, la columna, las caderas y la musculatura de las piernas. Cada vez que caminamos, respiramos, nos levantamos de una silla o realizamos un esfuerzo, diferentes estructuras deben coordinarse para controlar las presiones y mantener la estabilidad.

Por eso, cuando existen cambios importantes en la forma de caminar o de distribuir el peso corporal, también puede modificarse el trabajo que realizan la pelvis y los músculos que la estabilizan.

¿Qué relación puede existir entre lipedema y suelo pélvico?

El lipedema produce una acumulación bilateral y simétrica de tejido adiposo, habitualmente en las extremidades inferiores, aunque también puede afectar a los brazos. A medida que aumenta el volumen de las piernas pueden aparecer cambios funcionales y dificultades para determinadas actividades cotidianas.

En fases más avanzadas, el volumen del tejido puede influir sobre la movilidad y la marcha. El material clínico sobre los diferentes estadios del lipedema describe, por ejemplo, alteraciones de la posición de las rodillas y cambios en la pisada, además de una mayor dificultad para caminar cuando la enfermedad está avanzada.

Estos cambios pueden modificar la manera en que el cuerpo reparte las cargas.

Las rodillas, las caderas, la pelvis y la zona lumbar forman parte de una misma cadena de movimiento. Si una persona modifica su manera de caminar para evitar dolor, roces o sensación de pesadez, otras estructuras pueden tener que adaptarse.

Esto no permite afirmar que el lipedema sea una causa directa de problemas del suelo pélvico, pero sí explica por qué puede ser interesante valorar ambas zonas cuando existen síntomas.

La pesadez de las piernas puede cambiar nuestra forma de movernos

Cuando las piernas duelen, es normal buscar inconscientemente una manera de moverse que resulte menos molesta.

Algunas personas reducen la longitud de sus pasos, separan más las piernas al caminar o modifican la posición de las rodillas. Otras disminuyen su actividad porque caminar durante mucho tiempo les resulta incómodo.

El lipedema también puede acompañarse de hiperlaxitud ligamentosa o articular, una característica que puede influir en la estabilidad de algunas articulaciones.

Si las caderas y las rodillas necesitan realizar adaptaciones constantes, la pelvis también participa en esos ajustes.

Por este motivo, una valoración fisioterapéutica no debería limitarse siempre a observar dónde existe mayor acumulación de tejido. La postura, la movilidad de la cadera, la estabilidad de la pelvis, la respiración y la forma de caminar pueden aportar información útil.

¿Qué síntomas del suelo pélvico conviene observar?

Tener lipedema no significa que vayan a aparecer problemas pélvicos. Sin embargo, cualquier persona, con o sin lipedema, debería prestar atención a determinados cambios.

Las pérdidas de orina al toser, saltar o realizar esfuerzos, una sensación persistente de peso o presión en la zona pélvica, dificultades para controlar gases o heces y determinados tipos de dolor pélvico son motivos suficientes para solicitar una valoración.

También puede existir una musculatura excesivamente tensa. Es importante recordarlo porque muchas veces se piensa que todos los problemas del suelo pélvico se solucionan simplemente realizando ejercicios de contracción.

No siempre es así.

Un suelo pélvico puede necesitar fuerza, pero también capacidad para relajarse y coordinarse correctamente con la respiración y el resto de la musculatura. Por ello, realizar ejercicios de manera indiscriminada sin conocer cuál es el problema puede no ser la mejor estrategia.

Movimiento, respiración y control de las cargas

El ejercicio adaptado tiene un papel importante dentro del manejo conservador del lipedema. La actividad física puede contribuir a mantener la movilidad y favorecer una mejor funcionalidad en las actividades cotidianas.

Cuando además existen síntomas relacionados con el suelo pélvico, puede ser interesante trabajar de manera coordinada diferentes áreas.

La respiración es un buen ejemplo. El diafragma y el suelo pélvico participan conjuntamente en los cambios de presión que se producen dentro del abdomen. Aprender a respirar durante un esfuerzo, levantarse correctamente o adaptar determinados ejercicios puede ayudar a gestionar mejor esas presiones.

También resulta útil mantener la movilidad de las caderas y trabajar progresivamente la fuerza de piernas, glúteos y musculatura del tronco según las posibilidades de cada persona.

No se trata de encontrar un “ejercicio para el lipedema y el suelo pélvico”, sino de conseguir que todo el sistema se mueva de una manera funcional y tolerable.

Evitar dos extremos: inmovilidad y sobreesfuerzo

El dolor y la pesadez pueden llevar a reducir progresivamente la actividad física. Es comprensible, pero una disminución excesiva del movimiento puede terminar afectando a la fuerza, la movilidad y la capacidad para realizar actividades cotidianas.

El extremo contrario tampoco es necesario.

Forzar ejercicios que provocan dolor, realizar impactos repetidos cuando no se toleran bien o seguir programas genéricos sin tener en cuenta la situación individual puede generar más molestias.

La actividad debería adaptarse a la condición física, los síntomas y la movilidad de cada persona. Los ejercicios acuáticos, caminar, determinados trabajos de fuerza y otras actividades de bajo impacto pueden ser alternativas según cada caso.

Una valoración global puede ayudar a entender mejor los síntomas

El lipedema no debería observarse únicamente desde la perspectiva del volumen de las piernas. El dolor, la movilidad, la postura y las adaptaciones que realiza una persona durante años pueden influir en distintas partes del cuerpo.

Si junto al lipedema aparecen pérdidas de orina, dolor pélvico, sensación de presión, dificultades durante las relaciones sexuales o cambios importantes en la manera de caminar, merece la pena comentarlo con un profesional sanitario.

No hay que asumir que todo procede del lipedema, pero tampoco ignorar cómo la movilidad y la biomecánica pueden relacionar unas zonas con otras.

Un abordaje individualizado puede ayudar a identificar qué factores están interviniendo y qué tipo de ejercicio, trabajo postural o fisioterapia resulta adecuado.

Si tienes lipedema, sospechas que puedes padecerlo o conoces a alguien que convive con esta condición, en FisioClinics podemos ayudarte a valorar sus repercusiones sobre la movilidad y conocer diferentes opciones de fisioterapia para acompañar el manejo de los síntomas.

Octubre, 2026

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